Lunes, 13 de
Julio de 2009
MUSICA › EL
MUSICOLOGO LUCIO BRUNO VIDELA Y LA INCREIBLE HISTORIA DE UN RESCATE
Un rompecabezas con
final feliz
Su
obsesión era seguirle el rastro a una partitura que se creía perdida. Después
de sortear múltiples obstáculos llegó a reconstruir Chasca, de Enrique Mario
Casella, probablemente la primera grabación comercial de una ópera argentina.

Lucio
Bruno Videla es también director y compositor.
Imagen: Rafael Yohai
Por Facundo
García
En 2002 el país se caía a pedazos. En medio de otras urgencias, la
obsesión de Lucio Bruno Videla era seguirle el rastro a una partitura que se
creía perdida. Rebuscándoselas como director y violinista había llegado hasta
Viena, y desde esa ciudad mandaba mails consultando a diferentes especialistas.
Cada tanto anotaba las conclusiones de su pesquisa: “Al no haber tenido
Sudamérica un gran desarrollo industrial –escribía– los
compositores tuvieron dificultades para conseguir que su obra no cayera en el
olvido. Sencillamente no era común encontrar imprentas que se dedicaran a
editar música”. Ese tono melancólico dejó paso a la alegría el día que le
informaron que en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos se habían
hallado unos microfilms que podían corresponder a Chasca, la obra de Enrique
Mario Casella (1891-1948) que él tanto había buscado. De este modo casi
novelesco, ensamblando zonas de un rompecabezas que muchos consideraban
irresoluble, se fue armando la que probablemente sea la primera grabación
comercial de una ópera argentina.
“No
fue fácil. Además de la falta de editores, hay otro motivo cultural que
colaboró para que se perdieran miles de creaciones. Y es que en la España de
los siglos XVIII y XIX la música no ocupaba el lugar que se le daba en Alemania
o Francia. Era considerada inferior, por eso no se la resguardó”, explica
el entrevistado, ya con el disco a punto de salir a la calle. “Debemos
sacar a la luz el patrimonio escondido. Imaginen la potencia anímica que
guardan todos esos sonidos maravillosos que están esperando encerrados en
armarios y cajones”, señala Videla.
–¿Qué
se sabía de Chasca antes de encontrarla?
–En
principio, que había sido presentada en una única función en Tucumán, allá por
1939. Según lo que comentaron los diarios de entonces era una puesta de
avanzada. No obstante, se traspapeló. Del autor sabíamos que había sido
violinista, pianista, director y compositor. Que era hijo de Italo, un tano que
después de tocar con Arturo Toscanini se había venido acá a probar suerte. Y
además sabíamos que era un personaje atípico, capaz de agarrar el auto un fin
de semana y perderse por la ruta hasta llegar a Perú, empujado por la
curiosidad de conocer sonidos nuevos. O sea un loco lindo, tan interesante como
difícil de seguir.
Operas incas
Nacido en
Montevideo, Casella pasó parte de su infancia en Buenos Aires, y más tarde
viajó a Europa para perfeccionarse. En 1914 la Primera Guerra Mundial lo
devolvió al sur. No le debe haber molestado demasiado, ya que aparentemente
amaba la vida en las provincias. Pasó por Goya (Corrientes), aunque era el
noroeste la región que más lo seducía. Para 1921 ya había compuesto más de
ochenta obras y se había establecido en Tucumán. Se ganaba la vida como docente
y había fundado diferentes entidades culturales. Su profesión lo llevó por
Mendoza, Salta, Córdoba y Tucumán, y más tarde hizo de las suyas por Bolivia,
Colombia, Perú y Chile. Cuando no estaba tocando o componiendo pintaba cuadros,
hacía muebles o se perdía por los pueblos, donde se dejaba impresionar por la
vida del paisanaje.
“Era
un inquieto en todo sentido. En 1925, en ocasión del aniversario de la
independencia de Bolivia, presentó su Suite incaica, donde aprovechaba
elementos del acervo precolombino. Utilizó escalas pentatónicas y, a diferencia
de otros que también estaban inspirados por el ‘americanismo’ pero
se quedaban en lo discursivo, hizo una especie de deconstrucción del lenguaje
musical europeo. Eliminó, por ejemplo, el concepto de tema y desarrollo, que
era la clave de la música tonal. Se mandó con temas sin desarrollo: líneas
melódicas que se repetían con diversos ropajes orquestales”, recapitula
Videla.
Con esa
novedad la pegó. Los elogios lo envalentonaron y así llegó Corimayo, que tuvo
gran aceptación en Tucumán y en el Teatro Avenida de la Capital, con el
condimento de una muestra de arte incaico que contribuyó todavía más al éxito.
“A la gente le gustó, y Casella se dio cuenta de que ahí había un área en
la que se podía combinar lo académico con lo popular –analiza el investigador–.
Dado que había hecho música para películas de Luis Moglia Barth y Mario
Soffici, intentó concebir un arte multimedia ¡y lo hizo a principios del siglo
XX!”
Llegaron
invitaciones y propuestas, pero el artista hacía lo posible por resguardar
aquellas tardes tucumanas en las que podía componer al amparo del silencio y la
siesta. En Las vírgenes del sol retrató el conflicto desatado cuando los
españoles tuvieron relaciones con las mujeres que los incas destinaban a la
adoración del Sol. Hasta se animó con una zarzuela, La virgencita de Covadonga,
que contó con la colaboración de Luis Llaneo. E incluso en 1929 se despachó con
La Tapera, una ficción criolla que –a diferencia de otras, que se
ambientaban en la Pampa– hacía eje en los paisajes y costumbres del
norte. Hubo más: la desaparecida El país del ensueño, la nunca estrenada y
surrealista El maleficio de la Luna o la ópera con saxos El embrujo de la copla
aceleraron el proceso de crecimiento que alcanzó una de sus cimas en el
tríptico integrado por Chasca, El Irupé y El Crespín; de las cuales sólo
llegaría a estrenarse la primera, que hasta hace muy poco se consideraba
inhallable y hoy ha vuelto al primer plano.
Historia de una hoja
Lo
curioso es que en los setenta la familia Casella había donado un ejemplar
completo de ese tríptico al Teatro Colón. Enrique Sivieri –que en aquella
época estaba a cargo del Coliseo– se entusiasmó tanto con esa rareza que
se la llevó a su casa sin saber que no iba a poder curiosearla mucho, porque la
muerte le venía pisando los talones. “A los pocos días este hombre
falleció y se armó lío. Las tres partituras quedaron en el Colón, y de ahí
fueron a parar a la Biblioteca Nacional. Pero faltaba una hoja, que era
precisamente un pedacito de Chasca. Yo suponía que esa parte habría quedado en
lo de Sivieri. Ahí se me agotaban los datos. Había pasado demasiado tiempo como
para poder recuperarla”, destaca el musicólogo.
¿Cómo
acabar con el puzzle? La respuesta llegó desde el costado menos previsible.
Hace tres décadas, se envió dinero desde Estados Unidos para microfilmar y
conservar partituras argentinas. “Y algo pasó, porque la actividad se
interrumpió y el material terminó mal archivado”, especifica Videla. A
pesar de eso, en alguna parte de la Biblioteca del Congreso de Washington
descansaban las escurridizas notas que completaban la serie. Juntando lo
rastreado aquí con lo que se había conservado en Estados Unidos se logró la
reconstrucción: “Cuando en 2005 –estando en Viena y después de
siete años de averiguaciones– me postearon en Internet el escaneo de los
compases que tanto había perseguido y conseguí imprimirlos, sentí que el
esfuerzo había valido la pena”, suspira el compilador.
Actualmente
se puede hablar de Chasca con más certezas. “Está basada en una leyenda
catamarqueña e incluye nada menos que tres orquestas –se explaya
Videla–. Una se ubica detrás del escenario y otras dos en plataformas
elevadas, con el objetivo de generar un sonido trifónico. No hay cuerdas
frotadas, porque la cultura incaica no las conoció hasta la llegada de los
europeos. En su lugar, hay dos cuartetos de saxos y una percusión potente.
Mirando los bocetos que dejó el autor, se comprueba que quería reemplazar la
escenografía por proyecciones cinematográficas y apelar a un drama dinámico,
dividido en seis cuadros que en total no ocupan más de una hora. Era un
adelantado.”
El relato
transcurre en el actual territorio argentino –aunque en épocas
precolombinas– y cuenta las desventuras de una princesa de la nobleza
incaica que se enamora de un poeta. El conflicto empieza cuando Pachacutec, el
joven guerrero, pide la mano de la doncella a cambio de defender el reino. Y
ahí la princesa Chasca se encuentra en la encrucijada de obedecer a su corazón
o al mandato de su tribu. Para el especialista “el final es trágico, con
muertes, danzas e interpretaciones vocales muy exigentes”.
Se espera
que la placa esté lista para el Bicentenario. Como complemento, habrá una
edición en papel que se repartirá por distintos centros educativos. “En
total, la grabación incluyó un coro de unas cuarenta personas, con una orquesta
enorme, profesores y seis solistas”, pondera Videla, que quiere conservar
el staff que armó para el registro y organizar una gira. “Lo ideal sería
que éste pudiera ser el punto de partida para un programa de rescate de la
música nacional de orquesta con llegada a las provincias”, sostiene.
Anoche, el director ofreció en La Scala de San Telmo una muestra de las tareas
que viene realizando al dirigir Los Poemas del Agua, otra creación de Casella.
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